jueves, 22 de septiembre de 2016

El loro


El loro

Gonzalo V Solano L

Cuando oigo a un venezolano arremetiendo contra el chavismo y apoyando a esos dirigentes del oposicionismo vende patria, fascistas y agentes del imperialismo yanki, hablando de la dictadura de Maduro y clamando por revocatorio, viene a mi memoria el cuento del loro que pide libertad.

Se trata de un loro muy contradictorio. Desde hacía varios años vivía enjaulado, y su propietario era un anciano al que el animal hacía compañía. Cierto día, el anciano invitó a un amigo a su casa a deleitar un sabroso café.

Los dos hombres pasaron a la sala donde, cerca de la ventana y en su jaula, estaba el loro. Se encontraban los dos hombres tomando el café, cuando el loro comenzó a gritar insistente y vehementemente:

-¡Libertad, libertad, libertad!

No cesaba de pedir libertad. Durante todo el tiempo en que estuvo el invitado en la casa, el animal no dejó de reclamar libertad. Hasta tal punto era desgarradora su solicitud, que el invitado se sintió muy apenado y ni siquiera pudo terminar de saborear su taza. Estaba saliendo por la puerta y el loro seguía gritando: “¡Libertad, libertad!”

Pasaron dos días. El invitado no podía dejar de pensar con compasión en el loro. Tanto le atribulaba el estado del animalillo que decidió que era necesario ponerlo en libertad. Tramó un plan. Sabía cuándo dejaba el anciano su casa para ir de paseo por la plaza del pueblo. Iba a aprovechar esa ausencia y a liberar al pobre loro.

Un día después, el invitado se situó cerca de la casa del anciano y, en cuanto lo vio salir, fue hacia su casa, abrió la puerta con una ganzúa y entró en la sala, donde el loro continuaba gritando: “¡Libertad, libertad!” 

Al invitado se le partía el corazón. ¿Quién no hubiera sentido lástima por el animalito? Apurado, se acercó a la jaula y abrió la puertecilla de la misma.

 Entonces el loro, aterrado, se lanzó al lado opuesto de la jaula y se aferró con su pico y uñas a los barrotes de la jaula, negándose a abandonarla. El loro seguía gritando: “¡Libertad, libertad!”

Como este loro algunos no saben lo que dicen ni valoran lo que tienen. Son los que van pál cielo y van llorando.

domingo, 18 de septiembre de 2016



Dos amigos
Guy de Maupassant


En un París bloqueado, hambriento, agonizante, los gorriones escaseaban en los tejados y las alcantarillas se despoblaban. Se comía cualquier cosa.



Mientras se paseaba tristemente una clara mañana de enero por el bulevar exterior, con las manos en los bolsillos de su pantalón de uniforme y el vientre vacío, el señor Morissot, relojero de profesión y alma casera a ratos, se detuvo en seco ante un colega en quien reconoció a un amigo. Era el señor Sauvage, un conocido de orillas del río.

Todos los domingos, antes de la guerra, Morissot salía con el alba, con una caña de bambú en la mano y una caja de hojalata a la espalda. Tomaba el ferrocarril de Argenteuil, bajaba en Colombes, y después llegaba a pie a la isla Marante. En cuanto llegaba a aquel lugar de sus sueños, se ponía a pescar, y pescaba hasta la noche.

Todos los domingos encontraba allí a un hombrecillo regordete y jovial, el señor Sauvage, un mercero de la calle Notre Dame de Lorette, otro pescador fanático. A menudo pasaban medio día uno junto al otro, con la caña en la mano y los pies colgando sobre la corriente, y se habían hecho amigos.

Ciertos días ni siquiera hablaban. A veces charlaban; pero se entendían admirablemente sin decir nada, al tener gustos similares y sensaciones idénticas.

En primavera, por la mañana, hacia las diez, cuando el sol rejuvenecido hacía flotar sobre el tranquilo río ese pequeño vaho que corre con el agua, y derramaba sobre las espaldas de los dos empedernidos pescadores el grato calor de la nueva estación, Morissot decía a veces a su vecino: «¡Ah! ¡qué agradable!» y el señor Sauvage respondía: «No conozco nada mejor.» Y eso les bastaba para comprenderse y estimarse.

En otoño, al caer el día, cuando el cielo ensangrentado por el sol poniente lanzaba al agua figuras de nubes escarlatas, empurpuraba el entero río, inflamaba el horizonte, ponía rojos como el fuego a los dos amigos, y doraba los árboles ya enrojecidos, estremecidos por un soplo de invierno, el señor Sauvage miraba sonriente a Morissot y pronunciaba: «¡Qué espectáculo!» Y Morissot respondía maravillado, sin apartar los ojos de su flotador: «Esto vale más que el bulevar, ¿eh?»

En cuanto se reconocieron, se estrecharon enérgicamente las manos, muy emocionados de encontrarse en circunstancias tan diferentes. El señor Sauvage, lanzando un suspiro, murmuró:

-¡Cuántas cosas han ocurrido!

Morissot, taciturno, gimió:

-¡Y qué tiempo! Hoy es el primer día bueno del año.

El cielo estaba, en efecto, muy azul y luminoso.

Echaron a andar juntos, soñadores y tristes. Morissot prosiguió:

-¿Y la pesca, eh? ¡Qué buenos recuerdos!

El señor Sauvage preguntó:

-¿Cuándo volveremos a pescar?

Entraron en un café y tomaron un ajenjo; después volvieron a pasear por las aceras.

Morissot se detuvo de pronto:

-¿Tomamos otra copita?

El señor Sauvage accedió:

-Como usted quiera.

Y entraron en otra tienda de vinos.

Al salir estaban bastante atontados, perturbados como alguien en ayunas cuyo vientre está repleto de alcohol. Hacía buen tiempo. Una brisa acariciadora les cosquilleaba el rostro.

El señor Sauvage, a quien el aire tibio terminaba de embriagar, se detuvo:

-¿Y si fuéramos?

-¿A dónde?

-Pues a pescar.

-Pero, ¿a dónde?

-Pues a nuestra isla. Las avanzadas francesas están cerca de Colombes. Conozco al coronel Dumoulin; nos dejarán pasar fácilmente.

Morissot se estremeció de deseo:

-Está hecho. De acuerdo.

Y se separaron para ir a recoger los aparejos.

Una hora después caminaban juntos por la carretera. En seguida llegaron a la ciudad que ocupaba el coronel. Éste sonrió ante su petición y accedió a su fantasía. Volvieron a ponerse en marcha, provistos de un salvoconducto.

Pronto franquearon las avanzadas, cruzaron un Colombes abandonado, y se encontraron al borde de las viñas que bajan hacia el Sena. Eran aproximadamente las once.

Frente a ellos, el pueblo de Argenteuil parecía muerto. Las alturas de Orgemont y Sannois dominaban toda la región. La gran llanura que se extiende hasta Nanterre estaba vacía, completamente vacía, con sus cerezos desnudos y sus tierras grises.

El señor Sauvage, señalando con el dedo las cumbres, murmuró:

-¡Los prusianos están allá arriba!

Y la inquietud paralizaba a los dos amigos ante aquella tierra desierta.

«¡Los prusianos!» Nunca los habían visto, pero los percibían allí desde hacía meses, en torno a París, arruinando Francia, saqueando, matando, sembrando el hambre, invisibles y todopoderosos. Y una especie de terror supersticioso se sumaba al odio que sentían por aquel pueblo desconocido y victorioso.

Morissot balbució:

-¿Y si nos los encontráramos? ¿Eh?

El señor Sauvage respondió, con esa chunga parisiense que siempre reaparece, a pesar de todo:

-Los invitaríamos a pescadito frito.

Pero dudaban de si aventurarse en la campiña, intimidados por el silencio de todo el horizonte.

Al final, el señor Sauvage se decidió:

-Vamos, ¡en marcha!, pero con cuidado.

Y bajaron a una viña, doblados en dos, arrastrándose, aprovechando los matorrales para cubrirse, con ojos inquietos y oídos alerta. Para llegar a la orilla del río les faltaba cruzar una franja de tierra desnuda. Echaron a correr; y en cuanto alcanzaron la ribera, se acurrucaron entre unas cañas secas. Morissot pegó la mejilla al suelo para escuchar si alguien caminaba por las cercanías. No oyó nada. Estaban solos, completamente solos. Se tranquilizaron y se pusieron a pescar.

Frente a ellos, la isla Marante, abandonada, les tapaba la otra ribera. La casita del restaurante estaba cerrada, parecía abandonada hacía años. El señor Sauvage cogió el primer zarbo, Morissot atrapó el segundo, y a cada instante alzaban sus cañas con un animalillo plateado coleando en el extremo del sedal: una verdadera pesca milagrosa.

Introducían delicadamente los peces en una bolsa de red de mallas muy finas, en remojo a sus pies. Y los invadía una alegría deliciosa, esa alegría que nos asalta cuando recuperamos un placer amado del que nos hemos visto privados mucho tiempo.

El buen sol dejaba correr su calor sobre sus hombros; ya no escuchaban nada; no pensaban en nada; ignoraban al resto del mundo: pescaban.

Pero de pronto un ruido sordo que parecía llegar de debajo de la tierra estremeció el suelo. El cañón volvía a retumbar.

Morissot volvió la cabeza, y por encima de la ribera divisó allá abajo, a la izquierda, la gran silueta del Mont-Valerien, que llevaba en la frente un copete blanco, el vapor de la pólvora que acababa de escupir.

Al punto un segundo chorro de humo partió de lo alto de la fortaleza; unos instantes después resonó una nueva detonación.

La siguieron otras, y a cada momento la montaña lanzaba su aliento mortal, resoplaba vapores lechosos que se elevaban lentamente, en el cielo tranquilo, formando una nube sobre ella.

El señor Sauvage se encogió de hombros:

-Ya vuelven a empezar -dijo.

Morissot, que miraba ansiosamente cómo se hundía una y otra vez la pluma de su flotador, se vio asaltado de pronto por la cólera del hombre pacífico contra los fanáticos que así luchaban, y refunfuñó:

-Hay que ser estúpido para matarse de esa manera.

El señor Sauvage replicó:

-Peor que los animales.

Y Morissot, que acababa de coger una breca, declaró:

-¡Y pensar que siempre ocurrirá lo mismo, mientras haya gobiernos!

El señor Sauvage lo detuvo:

-La República no habría declarado la guerra…

Morissot lo interrumpió:

-Con los reyes, hay guerras fuera; con la República, hay guerra dentro.

Y se pusieron a discutir tranquilamente, desembrollando los grandes problemas políticos con la sana razón de hombres bondadosos y limitados, siempre de acuerdo en un solo punto, que nunca serían libres. Y el Mont-Valerien retumbaba sin tregua, demoliendo a cañonazos casas francesas, segando vidas, aplastando seres, poniendo fin a muchos sueños, a muchas alegrías esperadas, a mucha felicidad deseada, sembrando en corazones de esposas, en corazones de hijas, en corazones de madres, allá lejos, en otros países, sufrimientos que nunca acabarían.

-Es la vida -declaró el señor Sauvage.

-Diga más bien que es la muerte -replicó riendo Morissot.

Pero se estremecieron asustados, oyendo que alguien caminaba detrás de ellos; y, volviendo la vista, vieron, pegados a sus espaldas, cuatro hombres, cuatro hombres altos armados y barbudos, vestidos como criados con librea y tocados con gorras de plato, apuntándoles con sus fusiles.

Las dos cañas se les escaparon de las manos y empezaron a descender río abajo. En unos segundos los cogieron, los ataron, se los llevaron, los arrojaron a una barca y los trasladaron a la isla. Y detrás de la casa que habían creído abandonada vieron una veintena de soldados alemanes. Una especie de gigante velludo, que fumaba, a horcajadas en una silla, una gran pipa de porcelana, les preguntó en excelente francés:

-¿Qué, señores? ¿Han tenido buena pesca?

Entonces un soldado dejó a los pies del oficial la red llena de peces, que se había preocupado de recoger. El prusiano sonrió:

-¡Ah, ah! Veo que no les ha ido mal. Pero se trata de otra cosa. Escúchenme y no se inquieten. Para mí, ustedes son dos espías enviados a vigilarme. Yo los cojo y los fusilo. Ustedes fingían pescar, con el fin de disimular sus intenciones. Han caído en mis manos, mala suerte; es la guerra. Pero, como ustedes han salido por las avanzadas, seguramente tienen una contraseña para regresar. Díganme esa contraseña y les perdono la vida.

Los dos amigos, lívidos, el uno junto al otro, con las manos agitadas por un leve temblor nervioso, callaban.

El oficial prosiguió:

-Nadie lo sabrá nunca, ustedes volverán tranquilamente a casa. El secreto quedará entre nosotros. Si se niegan, es la muerte… y en seguida. Elijan.

Ellos continuaban inmóviles, sin abrir la boca.

El prusiano, sin perder la calma, prosiguió, extendiendo la mano hacia el río:

-Piensen que dentro de cinco minutos estarán ustedes en el fondo de esa agua. ¡Dentro de cinco minutos! ¿No tienen ustedes familia?

El Mont-Valerien seguía retumbando.

Los dos pescadores permanecían en pie y silenciosos. El alemán dio unas órdenes en su lengua. Después cambió su silla de sitio para no encontrarse demasiado cerca de los prisioneros, y doce hombres fueron a colocarse a veinte pasos, con los fusiles al pie.

El oficial prosiguió:

-Les doy un minuto, y ni un segundo más.

Después se levantó bruscamente, se acercó a los dos franceses, cogió a Morissot del brazo, se lo llevó aparte, le dijo en voz baja:

-¡Rápido, la contraseña! Su compañero no sabrá nada, fingiré compadecerme…

Morissot no respondió nada.

El prusiano se llevó entonces al señor Sauvage y le propuso lo mismo.

El señor Sauvage no respondió.

Volvieron a encontrarse uno junto a otro.

Y el oficial se puso a dar órdenes. Los soldados alzaron sus armas.

Entonces la mirada de Morissot cayó por casualidad sobre la red llena de zarbos, que había quedado en la hierba, a unos pasos de él.

Un rayo de sol hacía brillar el montón de peces, que se agitaban aún. Y lo invadió el desaliento. A pesar de sus esfuerzos, se le llenaron los ojos de lágrimas. Balbució:

-Adiós, señor Sauvage.

El señor Sauvage contestó:

-Adiós, señor Morissot.

Se estrecharon las manos, sacudidos de pies a cabeza por invencibles temblores.

El oficial gritó:

-¡Fuego!

Los doce disparos sonaron como uno solo.

El señor Sauvage cayó de bruces. Morissot, más alto, osciló, giró sobre sí mismo y cayó atravesado sobre su compañero, boca arriba, mientras la sangre escapaba a borbotones por la guerrera agujereada en el pecho.

El alemán dio nuevas órdenes.

Sus hombres se dispersaron, regresando después con cuerdas y piedras que ataron a los pies de los dos muertos; después los llevaron a la orilla.

El Mont-Valerien no cesaba de retumbar, coronado ahora por una montaña de humo.

Dos soldados cogieron a Morissot por la cabeza y por las piernas; otros dos agarraron al señor Sauvage de idéntica manera. Los cuerpos, balanceados un instante con fuerza, fueron lanzados al río, describieron una curva, después se hundieron, de pie, en el río, pues las piedras arrastraban primero las piernas.

El agua saltó, burbujeó, se agitó, después se calmó, mientras unas pequeñas ondas llegaban hasta la orilla.

Flotaba un poco de sangre.

El oficial, siempre sereno, dijo a media voz:

-Ahora los peces se ocuparán de ellos.

Después regresó hacia la casa.

Y de pronto vio la red con los zarbos en la hierba. La recogió, la examinó, sonrió, gritó:

-¡Wilhelm!

Acudió un soldado de delantal blanco. Y el prusiano, lanzándole la pesca de los dos fusilados, le ordenó:

-Fríeme en seguida esos animalitos, mientras aún están vivos. Serán deliciosos.

Y volvió de nuevo a fumar su pipa.

FIN

Valores: Juan Bosch



Los amos
Juan Bosch


Cuando ya Cristino no servía ni para ordeñar una vaca, don Pío lo llamó y le dijo que iba a hacerle un regalo.



-Le voy a dar medio peso para el camino. Usté esta muy mal y no puede seguir trabajando. Si se mejora, vuelva.

Cristino extendió una mano amarilla, que le temblaba.

-Mucha gracia, don. Quisiera coger el camino ya, pero tengo calentura.

-Puede quedarse aquí esta noche, si quiere, y hasta hacerse una tisana de cabrita. Eso es bueno.

Cristino se había quitado el sombrero, y el pelo abundante, largo y negro le caía sobre el pescuezo. La barba escasa parecía ensuciarle el rostro, de pómulos salientes.

-Ta bien, don Pío -dijo-; que Dio se lo pague.

Bajó lentamente los escalones, mientras se cubría de nuevo la cabeza con el viejo sombrero de fieltro negro. Al llegar al último escalón se detuvo un rato y se puso a mirar las vacas y los críos.

-Que animao ta el becerrito -comentó en voz baja.

Se trataba de uno que él había curado días antes. Había tenido gusanos en el ombligo y ahora correteaba y saltaba alegremente.

Don Pío salió a la galería y también se detuvo a ver las reses. Don Pío era bajo, rechoncho, de ojos pequeños y rápidos. Cristino tenía tres años trabajando con él. Le pagaba un peso semanal por el ordeño, que se hacía de madrugada, las atenciones de la casa y el cuido de los terneros. Le había salido trabajador y tranquilo aquel hombre, pero había enfermado y don Pío no quería mantener gente enferma en su casa.

Don Pío tendió la vista. A la distancia estaban los matorrales que cubrían el paso del arroyo, y sobre los matorrales, las nubes de mosquitos. Don Pío había mandado poner tela metálica en todas las puertas y ventanas de la casa, pero el rancho de los peones no tenía ni puertas ni ventanas; no tenía ni siquiera setos. Cristino se movió allá abajo, en el primer escalón, y don Pío quiso hacerle una última recomendación.

-Cuando llegue a su casa póngase en cura, Cristino.

-Ah, sí, cómo no, don. Mucha gracia -oyó responder.

El sol hervía en cada diminuta hoja de la sabana. Desde las lomas de Terrero hasta las de San Francisco, perdidas hacia el norte, todo fulgía bajo el sol. Al borde de los potreros, bien lejos, había dos vacas. Apenas se las distinguía, pero Cristino conocía una por una todas las reses.

-Vea, don -dijo- aquella pinta que se aguaita allá debe haber parío anoche o por la mañana, porque no le veo barriga.

Don Pío caminó arriba.

-¿Usté cree, Cristino? Yo no la veo bien.

-Arrímese pa aquel lao y la verá.

Cristino tenía frío y la cabeza empezaba a dolerle, pero siguió con la vista al animal.

-Dese una caminata y me la arrea, Cristino -oyó decir a don Pío.

-Yo fuera a buscarla, pero me toy sintiendo mal.

-¿La calentura?

-Unjú, me ta subiendo.

-Eso no hace. Ya usté está acostumbrado, Cristino. Vaya y tráigamela.

Cristino se sujetaba el pecho con los dos brazos descarnados. Sentía que el frío iba dominándolo. Levantaba la frente. Todo aquel sol, el becerrito…

-¿Va a traérmela? -insistió la voz.

Con todo ese sol y las piernas temblándole, y los pies descalzos llenos de polvo.

-¿Va a buscármela, Cristino?

Tenía que responder, pero la lengua le pesaba. Se apretaba más los brazos sobre el pecho. Vestía una camisa de listado sucia y de tela tan delgada que no le abrigaba.

Resonaron pisadas arriba y Cristino pensó que don Pío iba a bajar. Eso asustó a Cristino.

-Ello sí, don -dijo-: voy a dir. Deje que se me pase el frío.

-Con el sol se le quita. Hágame el favor, Cristino. Mire que esa vaca se me va y puedo perder el becerro.

Cristino seguía temblando, pero comenzó a ponerse de pie.

-Si: ya voy, don -dijo.

-Cogió ahora por la vuelta del arroyo -explicó desde la galería don Pío.

Paso a paso, con los brazos sobre el pecho, encorvado para no perder calor, el peón empezó a cruzar la sabana. Don Pío lo veía de espaldas. Una mujer se deslizó por la galería y se puso junto a don Pío.

-¡Qué día tan bonito, Pío! -comentó con voz cantarina.

El hombre no contestó. Señaló hacia Cristino, que se alejaba con paso torpe como si fuera tropezando.

-No quería ir a buscarme la vaca pinta, que parió anoche. Y ahorita mismo le di medio peso para el camino.

Calló medio minuto y miró a la mujer, que parecía demandar una explicación.

-Malagradecidos que son, Herminia -dijo-. De nada vale tratarlos bien.

Ella asintió con la mirada.

-Te lo he dicho mil veces, Pío -comentó. Y ambos se quedaron mirando a Cristino, que ya era apenas una mancha sobre el verde de la sabana.

FIN

domingo, 4 de septiembre de 2016

                      "LA GOTA DE SOL"
  
                         MAL RECUERDO
                                          
                                                    Gonzalo V Solano L

Era 4 de febrero de 1964 cuando Rómulo Betancourt inauguró la represa de Guanapito, ubicada en Altagracia de Orituco, estado Guárico, cuando lanzó esta profecía: "Al cabo de tres o cuatro gobiernos democráticos, quedarán como un mal recuerdo, como una pesadilla en la memoria de los ancianos, los sufrimientos experimentados por la gente pobre de nuestro país" 
A partir de entonces se sucedieron las presidencias de Raúl Leoni, Rafael Caldera, Carlos Andrés Pérez, Luis Herrera Campins y llegó la Presidencia de Jaime Lusinchi para el período gubernamental 1984-1989.

El 4 de Diciembre de 1983 se realizaron los comicios que dieron como ganador al Dr. Jaime Lusinchi, candidato postulado por el partido Acción Democrática (AD), Triunfó con 3.775.341 votos. Su principal contrincante, el candidato del partido social cristiano COPEI, el Dr. Rafael Caldera, obtuvo un segundo lugar con una diferencia de casi un millón y medio de sufragios (1.478.010 menos) y de igual forma el partido AD se alzó con la mayoría de diputados y senadores representantes en el Congreso Nacional.

El día de la toma de posesión, Jaime Lusinchi anuncia algo insólito, el de ser el presidente que siempre habla con la verdad y de ejercer una política de austeridad. Para esto implementaría una política de reordenación del sistema financiero, reducción del gasto publico, eliminación del déficit fiscal y estabilización del mercado de cambios. Al referirse a la deuda externa Lusinchi afirmó que “Venezuela pagara todo lo que debe, hasta el ultimo centavo”.
Aquella profecía de Betancourt no se había cumplido en "tres o cuatro gobiernos democráticos", ni en cinco, seis ni siete. Al contrario el panorama del país era desolador, no era para nada alentador, un año antes la moneda había sido devaluada, 
y según Lusinchí heredó una grave situación económica con una deuda externa toda empelotada, no se sabía cuánto se debía, y después de un extenso análisis de expertos propios y extraños en materia financiera, se pudo cuantificar en mas de 30 mil millones de dólares.
Los "gobiernos democráticos" que decía Betancourt habían agravado no solo los malos recuerdos, no solo la pesadilla en la memoria de los ancianos, sino "los sufrimientos experimentados por la gente pobre de nuestro país". 
Aquellos gobiernos de los que hablaba Betancourt tuvieron como resultado de sus gestiones unos signos monetarios, fiscales y económicos negativos y con contradicciones extremas entre las autoridades fiscales sobre los métodos para resolver la crisis, lo que producía incertidumbre. Las fallas en los servicios públicos y la corrupción administrativa hecha pública contribuían a obscurecer más el panorama. A todo esto se le agregaba el problema de la deuda interna y externa 

En junio de 1984 el congreso nacional aprobó la llamada ley habilitaste, y faculta al presidente a tomar las medidas que considere necesarias para sortear la crisis.

El 24 de febrero, el presidente Lusinchi precisa su política económica. En materia monetaria varía el esquema impuesto por el gobierno precedente. Se establecen cuatro tipos diferenciales de cambio: a) el de Bs. 4,30 por US$ (fijado por la administración de Herrera Campins) se prorrogó hasta diciembre de 1985, otorgado para el pago de cuotas de capital de las deudas externas, para los estudiantes en el exterior y para medicinas y alimentos especificados en resolución del Ministerio de Hacienda; b) el de Bs. 6 por US$ para la venta de divisas de los sectores petrolero y del hierro; c) el de 7,50 para las transacciones comerciales y financieras, privadas o públicas; y d) el dólar fluctuante”, cuyo tipo de cambio será fijado por el libre juego de la oferta y la demanda. Anunció también una drástica baja de las tasas de interés; fija una política laboral compensatoria del bajo nivel de vida, que nada compensaba por supuesto.

Durante el período presidencial la imagen moral del presidente estuvo particularmente empañada por la relación extramarital del presidente con la Colombiana Blanca Ibañez que a la vez ejercía como su secretaria privada, destacando el afán protagónico de la señora Ibañez quien obtuvo a lo largo del periodo una creciente injerencia en la acción de gobierno, llegando a ser catalogada como “la mujer con más poder político en el siglo XX venezolano”.

Otro hecho relevante lo constituyó el que en varias oportunidades se elevaron quejas a la Sociedad Interamericana de Prensa y los periodistas hicieron marchas de protesta, ya que a lo largo del período presidencial resulto muy difícil para los medios impresos, mantener una posición independiente del gobierno o criticarlo modestamente, pues éste era muy “sensible” manejaba según sus conveniencias, entre otros recursos, las cuotas de dólares preferenciales a Bs. 7,50 para la compra de papel importado, necesario para la supervivencia de los impresos. Las columnas de periodistas de oposición como Jose Vicente Rangel o Alfredo Tarre Murzi (Sanin) dejaron de salir “provisionalmente” en los diarios. 

La combinación de la represión, junto con una eficaz política de propaganda de gobierno dirigida desde la Oficina Central de Información, impidió que la mayor parte de las irregularidades administrativas y los abusos de poder salieran a la luz pública. Sería sólo posteriormente, al iniciarse el gobierno de Carlos Andrés Pérez, cuando se reveló lo que puede calificarse como el peor hecho de corrupción hasta ese momento: el escándalo del trafico de influencias en el otorgamiento de dólares preferenciales a través del Régimen de Cambios Diferenciales (RECADI), lo que no había trascendido más allá de los rumores durante el quinquenio, comenzó a investigarse más libremente una vez que Lusinchi dejó la presidencia. En marzo de 1989 el diario El Nacional publicó una serie titulada la “Agenda Secreta de RECADI”, donde daba los pormenores de los resultados en las investigaciones de las autoridades en el caso.

Ya a mediados de 1989, se denuncio la malversación de fondos de la partida secreta del Ministerio de Relaciones Interiores por parte del ex presidente Lusinchi y su ministro José Ángel Ciliberto, para la compra de un conjunto de jeeps que, lejos de destinarse a actividades vinculadas con la seguridad del Estado, sirvieron primero para la campaña interna en AD del precandidato Octavio Lepage, para luego ser utilizados en la campaña electoral de 1988 y quedando posteriormente en manos de algunos militares y allegados al partido Acción Democrática (AD). Esta denuncia desemboca en agosto de 1993, en la decisión de la Corte Suprema de Justicia de encontrar méritos para enjuiciar al ex presidente y la aprobación del Congreso del levantamiento de su inmunidad parlamentaria.

Lusinchi, suspendió el pago de la deuda externa, pasándole a su sucesor el problema, como en un momento, también le fue pasado a él por el gobierno de Herrera Campins. 

La situación social permanece igual a la de periodos anteriores pero la crisis económica se avecina.
Aún así, el partido Acción Democrática logra de nuevo alzarse con el triunfo en las elecciones con la candidatura de Carlos Andrés Pérez, para conducir otra vez los destinos de Venezuela. Que no concluyó ni concluirá pues más nunca volverá la derecha a gobernar en este país.
Los herederos de Betancourt quedaron para siempre, para decirlo como Betancourt, "como un mal recuerdo, como una pesadilla en la memoria de los ancianos, los sufrimientos experimentados por la gente pobre de nuestro país" durante los mandatos de estos mismos del oposicionismo pervertido y terrorista de hoy.